
Aquel día sus ojos se posaron en aquellas puertas, miraban a todo aquel que entrara. Cada vez que una de las puertas se abría, un brillo se hacía dueño de sus ojos y el corazón quería correr a mirar de cerca a quien entraba. Sus oídos le gritaban que aquel rechinar de bisagras podía ser el que ella estaba esperando, su mente le pedía calma y sus piernas se volteaban para observar a quien entraba... Nada.
La espera la abrumaba, salió del lugar sentándose donde pudiera ver a todo aquel que pasara. Era tarde, el frío comenzaba a apoderarse de la ciudad. "Me haría bien un cigarro" pensó, luego recordó que ella no fumaba. Aquel pensamiento causó risa en su interior: pensar hacer, con completa seguridad, algo que jamás había intentado le pareció extraño, ella nunca había sido así...
Fue en ese momento cuando escuchó la palabra vida y recordó una frase: "La vida es como un cigarro: hay que fumarla hasta el final". No entendió si aquello significaba que tenía que comenzar a fumar ó que tenía que comenzar a vivir su vida.
Aquel día ella optó por lo segundo. Algún día, quizás, ella considere la opción de fumar.

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